Los padres finlandeses aprovechan los permisos parentales más que nunca: os contamos cómo

Hemos visitado a una familia de Helsinki para conocer cómo es la vida cotidiana de un padre de permiso parental. Los meses que lleva en casa con su hijo pequeño están repletos de esos momentos cotidianos sencillos que, al final, son los que más importan.

Evert aprendió a decir “papá” el otoño pasado. Como en aquel momento tenía poco más de un año, el hecho en sí no tuvo nada de extraño. Pero que dijera “papá” antes que “mamá” parecía un pequeño milagro.

Su padre, Eetu Järvinen, un treintañero de Helsinki, sabe exactamente por qué.

«Fue gracias al permiso parental», afirma.

Järvinen se quedó seis meses en casa con su hijo cuando la mamá, Edith, volvió a su puesto de trabajo. Se hizo cargo de las comidas, las siestas, los pañales y, como no, de los pequeños dramas típicos de la primera infancia.

Hay lugares donde eso podría llamar la atención, pero Finlandia no es uno de ellos. Cada vez es más habitual que los padres finlandeses se acojan al permiso parental.

El país de los padres

Un hombre va empujando un cochecito por una calle residencial con casas de madera y vallas blancas.

Cuando Eetu Järvinen se convirtió en “papá en casa” era verano y Evert aún echaba dos siestas al día.

Finlandia es el hogar de más de 1,3 millones de padres, más de la mitad de la población masculina adulta.

Hace muchas décadas que la estampa de los papás empujando cochecitos se hizo habitual, pero estos últimos años el reparto de las tareas de crianza se ha vuelto aún más equitativo.

En 2022, tuvo lugar en Finlandia una gran reforma del sistema de permisos parentales, cuyo objetivo era equiparar desde el principio a ambos progenitores como cuidadores.

Aquel cambio provocó un aumento en el número de padres que se quedaban en casa y transformó la manera en que las familias se repartían el permiso parental.

Visto desde arriba, un bebé con un chupete en la boca, gorro azul y manoplas mira a la cámara tumbado en el tobogán de un parque infantil.

Eetu Järvinen ha estado presente en muchas de las “primeras veces” de Evert, como cuando aprendió a usar el orinal, probó comidas nuevas o fueron a la piscina o a un concierto.

En la actualidad, el permiso se divide a partes iguales entre los progenitores, aunque uno puede cederle al otro parte del tiempo que le corresponde.

Este cambio ha transformado la forma en que las familias se reparten el permiso, ocasionado un incremento del número de padres que se quedan en casa. Ambos progenitores tienen derecho a 160 días laborables de permiso, de los cuales 63 pueden ser transferidos. (La definición de “días laborables” incluye los sábados, pero no los domingos ni los días festivos, por lo que una semana suele contabilizarse como seis días de permiso parental). Además, la madre biológica percibe 40 días de prestación por embarazo antes de que nazca el bebé.

Por todo ello, el permiso parental finlandés es uno de los más prolongados del mundo.

Además, en Finlandia los padres también pueden acogerse a la «prestación por cuidado infantil en el hogar»: si la familia tiene un hijo menor de tres años, uno de los progenitores o el tutor legal puede quedarse en casa para cuidarlo. Alrededor del 10 % de los padres se acogen a esta prestación, normalmente durante un periodo de entre cinco y seis meses.

Pequeñas rutinas que pautan los días

Un hombre con camiseta beige y gorra negra mece a su bebé en un columpio, bajo un árbol repleto de bayas rojas.

La empresa de Järvinen respaldó su decisión de quedarse seis meses en casa con su hijo.

En julio, cuando Eetu Järvinen comenzó su etapa de papá en casa, Evert, que tenía algo menos de un año, ya gateaba y podía sentarse, pero aún no sabía andar.

Järvinen le leía muchos libros y juntos se asombraban con los coches y los perros.

Los días pronto adquirieron su rutina. Por la mañana, padre e hijo acompañaban a la guardería a Ethel, la hermana de Evert, tres años y medio mayor que él. Por la tarde, iban a recogerla.

Imagen parcialmente borrosa de un hombre que lleva gafas y dirige la mirada fuera del campo de la cámara.

Järvinen opina que lo más complicado de la vida familiar es dormir, o más bien la falta de sueño. Cuando los niños están malitos, nadie duerme. «Aunque, no sé cómo, pero uno acaba por acostumbrarse».

Entre cada uno de aquellos pequeños viajes, padre e hijo se entretenían yendo al parque, a la biblioteca, a clases de música para bebés o quedando con amigos.

Aprendieron juntos a comer, a sentarse en el orinal, a dormir la siesta y, con el tiempo, a dar los primeros pasos. Järvinen le hacía a Evert magdalenas y tortillas y descubrió que las espirales de pasta eran su comida favorita.

La mano de un niño pequeño toca el cristal una ventana desde la que se ve un paisaje de color verde brillante.

A finales de otoño, Evert empezó a acostumbrarse a dormir en su propia cama. Cuando por fin lo consiguió, su padre sintió una auténtica sensación de victoria.

Por otro lado, siempre había un montón de juguetes tirados por el suelo que había que recoger, por no hablar de los trocitos de pasta desperdigados por la trona y alrededor de ella.

Los cristales de las ventanas se fueron llenando de huellas de deditos.

Aprender a andar

Un adulto con gafas protege cuidadosamente con sus manos los ojos de un bebé, mientras este sujeta una pequeña maraca.

La cultura laboral es un factor clave cuando se trata de de planificar los permisos parentales: en Finlandia, el permiso goza de una amplia aceptación, aunque las experiencias aún varían, según el sector.

Evert aprendió a andar a finales de septiembre. Al principio, sus pasos eran vacilantes, pero no tardó en ganar velocidad. Se le abrió todo un mundo.

En casa, Eetu Järvinen cambió de sitio los muebles del salón, de modo que los sofás conformaran un espacio seguro para jugar.

Un hombre está sentado en una silla con su bebé en el regazo, en una sala, mientras que en primer plano se ven las piernas de otra persona.

Cuando en otoño Eetu Järvinen y Evert empezaron a ir a clase de música para bebés, solo asistían unos pocos papás. Seis meses después, todos los padres del grupo eran hombres.

Lo que más le gustaba al pequeño era vaciar los armarios, esparcir su contenido por los suelos y hacer lo mismo con los libros de las estanterías. Y entonces descubrió que podía trepar.

«Ahí empezó de verdad la cacería», comenta Järvinen entre risas.

Para su primer cumpleaños, en octubre, a Evert le regalaron un cochecito de juguete.

«Le fascina cualquier cosa que tenga ruedas».

Un bebé ataviado con ropa de abrigo está sentado en el suelo del bosque, entre las raíces de un árbol cubiertas de musgo y hojas caídas.

Evert pasó el otoño y el invierno al aire libre, muy calentito gracias al mono acolchado que venía incluido en el paquete de maternidad finlandés.

Cuando ve un vehículo por la calle, dice “brr brr”. Cuando ve un perro, exclama “hau hau!”. (Estas son las onomatopeyas que aprenden los niños finlandeses, equivalentes a “brumm brumm” y “guau guau” en español).

Järvinen describe a su hijo como un niño alegre y sin complicaciones.

«Acepta su destino», comenta con una sonrisa: a lo mejor porque es el típico segundo hijo.

Como muchos padres, Järvinen a veces se pregunta qué parte de la personalidad de un niño es innata y qué parte se debe, sencillamente, a la mayor experiencia de los padres.

Un cambio cultural que es progresivo

En el interior de un ascensor, un hombre tiene en brazos a un bebé que, lleno de curiosidad, acerca su manita al panel de control.

La prestación parental, pagada por la Seguridad Social de Finlandia, depende de los ingresos, con un mínimo garantizado para quienes carecen de ellos. Esto supone que para muchas familias quedarse en casa resulte viable, no solo para las madres, sino para ambos progenitores.

Järvinen ya había disfrutado de un permiso parental con anterioridad, cuando nació la hermana mayor de Evert. Entonces se quedó en casa durante tres meses. La diferencia es que, en aquel momento, la madre también estaba en casa, terminando sus estudios, y que la pandemia de coronavirus limitaba la mayoría de las actividades.

Un niño sostiene un cuenco lleno de juguetes mientras otro intenta meter en él unas pequeñas varillas de batir.

Aunque la reforma del permiso parental fue concebida para garantizar la igualdad entre ambos progenitores, la mayor parte de los días transferibles siguen destinándose a las madres. Esto indica que, por el momento, la igualdad sigue siendo un objetivo aún por alcanzar.

Durante el permiso parental con Evert, Järvinen se quedó solo con el niño.

«Todo quedó bajo mi responsabilidad al 100 % y el vínculo que se ha creado es diferente», afirma.

En Finlandia, esta experiencia se ha vuelto más habitual que nunca.

Antes de la reforma del permiso parental, el 57 % de los padres se acogía a este, independientemente de la madre. Cuando hablamos de los niños nacidos tras la reforma, la cifra ha aumentado hasta el 73 %.

En la actualidad, los padres se acogen a una media de 68 días de permiso parental, lo que equivale a un periodo de casi tres meses, mientras que antes de la reforma, la media era de solo 33 días.

En un parque con el suelo cubierto de hojas otoñales, un hombre acomoda sobre sus hombros a un bebé.

«Evert nos ha salido un pequeño corredor de velocidad, pero ya veremos de qué tipo», dice Eetu Järvinen.

Aun así, siguen siendo las madres las que utilizan la mayor parte del permiso. Tres de cada cuatro padres ceden a la madre la totalidad de los días transferibles.

Los cambios, al parecer, llegan paso a paso.

Un vínculo que permanece

Un niño que lleva un gorro naranja se mece en un columpio, en un parque nevado, mientras un adulto está de pie cerca de él, parcialmente oculto detrás de un árbol.

Muchos amigos de Eetu Järvinen también son padres y algunos de ellos han disfrutado del permiso parental al mismo tiempo que él. «Nuestras conversaciones se han centrado mucho en los niños», dice Eetu.

En noviembre, padre e hijo acudieron juntos a un concierto. Evert se lo pasó bomba.

En diciembre, fueron por primera vez la piscina municipal.

En enero llegó el gran momento y Evert empezó a ir a la guardería con su hermana. Järvinen había participado en las sesiones informativas con el mismo entusiasmo que la madre de Evert.

Un bebé está de pie en una cocina junto a un adulto que lleva zapatillas.

A veces, Evert se pone travieso y le tira del pelo a su hermana. También disfruta quitándole los calcetines a su hermano pequeño y escondiéndolos.

Los padres finlandeses están pasando a diario más tiempo con sus hijos que antes. En 2021, dedicaron una media de una hora y 43 minutos al día al cuidado de los peques en edad preescolar, casi 40 minutos más que a principios de la década de 2000.

Pasito a paso, la crianza de los hijos se está volviendo más equitativa.

Un peque juega con juguetes de colorines sobre una alfombra estampada, mientras un adulto lo observa sentado junto a él.

A Evert le chiflan los vehículos desde muy pequeño y se entusiasma con los juguetes que tienen ruedas.

Järvinen recuerda con cariño los meses que pasó en casa.

«Fue una etapa maravillosa. La empresa para la que trabajo me apoyó mucho y se mostró muy positiva con respecto al permiso», comenta.

Este respaldo tiene ahora más importancia que nunca, porque la familia acaba de darle la bienvenida a Elis, su tercer hijo, y Järvinen ya tiene previsto quedarse otros seis meses en casa con él.

Durante una fuerte nevada, una persona atraviesa un campo cubierto de nieve con árboles al fondo tirando de un trineo rojo.

El invierno pasado, Evert descubrió lo divertido que era montar en trineo. «Ni el frío ni la nieve parecían importarle en absoluto», dice Järvinen.

Aun así, lo mejor de haberse quedado en casa con Evert es muy simple: el vínculo que han creado.

«Cuando se cae o le pasa algo, prefiere acudir a papá en lugar de a mamá. Eso es una sensación muy especial», dice Järvinen.

Por Emilia Kangasluoma, mayo de 2026
Fotografías: Jonne Heinonen