Después de conducir durante varias horas por una carretera bordeada de bosques y lagos, no te esperarías acabar en uno de los principales festivales internacionales de música clásica. No obstante, cada verano, Kuhmo se convierte en la capital internacional de la música de cámara durante dos semanas.
«El contraste es enorme», afirma el voluntario del festival Matti-Jussi Pollari, antiguo director del Centro de Artes de Kuhmo. «Estamos a orillas del lago, rodeados de bosques. Y, además, tenemos esta increíble sala de conciertos».
El Festival de Música de Cámara de Kuhmo suele ofrecer unos 60 conciertos con entrada, así como un par de docenas de eventos gratuitos. Los conciertos atraen a más de 7000 asistentes al evento y venden un total aproximado de 20 000 entradas. Entre los lugares de celebración se encuentran el Centro de Artes de Kuhmo, la iglesia local y la escuela.
Visita el ambiente agradable del Festival de Música de Cámara de Kuhmo con nuestro vídeo (subtítulos en inglés).
Vídeo: Erika Benke/ThisisFINLAND
El Centro de Artes de Kuhmo, un edificio impactante que dispone de una sala de actos con un aforo de 668 butacas, construida de madera de pino y piedra del lugar, es el alma del festival. «Es una de las mejores salas en las que he tocado», afirma el violinista Sergey Malov, conocido por su versatilidad, que sigue volviendo a Kuhmo año tras año. «Puede que sea mi sala favorita en todo el mundo. Tiene un aspecto maravilloso y la acústica es perfecta».
Kuhmo puede que sea famoso por la música de cámara de talla mundial, pero la magia también se extiende fuera del escenario. Los músicos y el público se convierten en vecinos. «No tenemos mucha capacidad hotelera en Kuhmo», afirma Pollari. «La mayoría de los artistas y visitantes alquilan cabañas o habitaciones en las viviendas de los lugareños».

La intérprete de viola Mira Maranta (izquierda) y el chelista Nigel Thean del Modulor Quartet charlan con un visitante del festival en una cafetería de Kuhmo.
Esta forma de acomodación es fundamental para entender cómo el festival se ha convertido en parte de la vida cotidiana en Kuhmo. Los residentes se topan con los músicos donde quiera que vayan, y los músicos cuentan que encuentran miembros del público en el supermercado, se ven en las cafeterías y se sientan codo a codo en los restaurantes.
«Todo el mundo parece formar parte de ello», afirma Beatrice Harmon, violinista de Modulor Quartet, que viene a Kuhmo procedente de Suiza para tocar en varios conciertos. «Cuando nos vemos en la calle, nos saludamos unos a otros. Vamos a las mismas tiendas que los miembros del público, y vamos a la sauna con todos los músicos, una experiencia finlandesa que no tenemos en Suiza».
El chelista de Modular, Nigel Thean, está de acuerdo. «Hemos llegado hace dos días, pero ya me siento parte de la comunidad».

Los músicos visitantes aprecian la posibilidad de nadar en el lago y hay un muelle estratégicamente situado detrás de la sala de conciertos.
Malov se ha sumergido por completo en la experiencia finlandesa. «Quince minutos antes del concierto de apertura del festival, me di un chapuzón en el lago», añade con una sonrisa juguetona. «Eso no sería posible en Nueva York o Londres».
Los visitantes tienen la misma sensación. Desde 1999, Eberhard, de nacionalidad alemana, ha asistido 12 veces al festival de Kuhmo. «Acabo de estar en el supermercado y me he encontrado con un hombre que comprueba las entradas en la sala de conciertos», explica. «Me ha dicho,»Bienvenido a Kuhmo, ¡me acuerdo de ti!»
Esa sensación de familiaridad es fundamental en la identidad de Kuhmo. Para la directora artística del Festival de Música de Cámara de Kuhmo, Minna Pensola, esos encuentros cotidianos eliminan las barreras entre los intérpretes y el público. «El umbral para hablar sobre lo que sucede en el escenario es realmente bajo», afirma. «Tiene que ver con el hecho de que salimos y socializamos, que tenemos el mismo acceso a salas de conciertos, cafeterías, restaurantes y lagos».

Durante los largos días de verano, Kuhmo experimenta «noches blancas» mágicas con un crepúsculo que dura horas, pero sin que haya oscuridad total.
Pude experimentar esa sensación de pertenencia por mí misma. La primera pregunta que me hicieron tras entrar en una sauna en Kuhmo no fue sobre el lugar del que venía. Fue «¿Qué instrumento tocas?» Tuve que admitir que no tocaba ninguno. Nadie pareció darle importancia y me seguí sintiendo bienvenida en el grupo.
Me marché de Kuhmo pensando que su mayor acierto, y parte de lo que hace que sea tan único, es lo que ocurre entre los conciertos. Los músicos de renombre mundial, el personal del festival y los asistentes no están en grupos separados; todos pertenecen a la misma comunidad.
Texto, fotos y vídeo de Erika Benke, septiembre de 2026